PARQUE NICOLAS AVELLANEDA
UNA BREVE RESEÑA HISTORICA
El
parque Nicolás Avellaneda se encuentra limitado por la avenida Directorio, las
calles Lacarra y Primera Junta y la autopista Perito Moreno, por cuyo
itinerario hace ya muchos años, circulaba espaciada y lentamente un tren de
carga, cuyo destino ignoramos y que generaba un momento de gran expectativa
entre los pibes del barrio. Pegada al parque -casi formando parte del mismo- se
encuentra la iglesia San Sabino y Bonifacio, modesta y bella. Como todos los
parques públicos, el nuestro es igualitario y democrático, confluyen desde
siempre en sus espacios personas de los más diversos orígenes: religiosos,
culturales, económicos, políticos y deportivos.
Contiene
casi en su centro a la casona de los Olivera, construida en 1838 y que es el
único casco de estancia que aún se conserva en la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires. También existe un sólido edificio en cuyo interior se encuentra una
pileta de natación -hoy en desuso- y gimnasios que fueron utilizados para el
desarrollo de la alta competencia gimnástica. A la vera del edificio en un
amplio espacio, estaban los juegos con 3 toboganes, pasos volantes, sube y
bajas y areneros. Todavía hoy y como testimonio nostálgico, se puede leer en el
umbral del predio, la frase “motus et vita año 1927”.
A un
centenera de metros de “la pileta”, está la pista de atletismo de 333 metros,
en los que corrieron atletas de categoría internacional, como Roger Ceballos,
Raúl Ibarra -récord mundial en 20 km- Gilberto Miori e Iris Fernández. Los
amantes de este deporte seguían con la máxima atención sus extensas y exigentes
jornadas de entrenamiento. Los memoriosos recuerdan, que en los inicios de los
años ´40 y a la vera de la pista, se alzaba una linda tribuna techada, que le
brindaba a la misma una especial galanura.
Si bien es cierto, que el
atletismo despertaba interés, el fútbol fue siempre el gran protagonista
deportivo. Durante décadas los fines de semana centenares de jugadores practicaban
el más popular de los deportes en improvisados espacios. Hasta en aquellos en
los que rezaba “PROHIBIDO PISAR EL CESPED”. Los arcos eran la ropa de los
jugadores, los cuadros se elegían con algún cuidado para evitar que alguno
tuviera “robo”. Los “giles” iban al arco.
Los días domingo, en la cancha
principal del parque jugaban alternativamente Liberal de Flores y Liberal
Porteño, que fueron sucedidos, luego, por los “veteranos”, que llenaron una
época inolvidable. Marcos Cusín, seis de Independiente, era el delegado que
armaba el equipo, conseguía los rivales y además lavaba las camisetas, que llevaban
los colores de River. En este cuadro de veteranos, entre muchos otros, actuaron
Enrique “Coco” Brunetti, Fernando “Nano” Areán, B. Leonardi, Juan Carlos “Chango”
Cárdenas, Roberto Rogel, Garabal, junto a una gran cantidad de integrantes. Entre
ellos, Marcos elegía en forma discrecional a quienes iban a actuar en cada
encuentro. Siempre había más de once para jugar, de allí los enojos de los que
quedaban afuera y que provocaban encendidos conciliábulos, algunos incentivados
desde el propio entorno. Marcos resolvía siempre con autoridad los conflictos.
Al igual de lo que acontecía en todas las canchas barriales, no faltaron los
arbitrajes polémicos, con sus consabidas consecuencias: empujones y algunos golpes.
El escenario descripto tenía lugar en la casilla, en sus alrededores o bien en
el propio campo de juego, con la participación a veces alegre y otras veces no
tanto, de propios y extraños. En los partidos casi siempre triunfaban los
veteranos.
Como corolario de todos estos
pormenores comentados, en donde el buen humor se hacía notar en forma
permanente, excepto en la cancha, los domingos por la mañana el parque era una
fiesta. Si había sol, más. A pocos metros de la casilla, se alzaba la vivienda
de Ramón, quien con su esposa y dos hijos la habitó durante varios años. Resolvía
Ramón con sus formas cordiales los requerimientos que planteaba en forma
permanente, el heterogéneo grupo, que se reunía en esa zona del parque. La
casilla construida prolijamente por las autoridades municipales de entonces,
era de chapa acanalada y piso de baldosas. Sobre éstas, los tapones de los zapatos
producían el sonido -que junto al olor a linimento- generaban el ambiente
propio e inolvidable de los vestuarios de fútbol.
Junto al atletismo, otros
deportes también cobraron importancia: en las paralelas trabajaban en forma
intensa y permanente quienes cultivaban sus físicos, a fin de lograr figuras
esculturales, que luego exhibían con orgullos. Eran verdaderos personajes. ESTRELLA,
según el inolvidable periodista Ricardo Lorenzo “Borocotó” (padre), “surgió del
corazón del parque Avellaneda”, fue campeón argentino y de la Copa O`Farrell
con grandes jugadores, como Stroppiana, Aizcorbe, Contini, todos referentes del
básquet de su tiempo.
Al total de estas actividades
deportivas, es bueno sumar las sesiones de entrenamiento intenso a las que se
sometían algunos boxeadores, de entre los cuales recordamos a algunos de la
talla de Eduardo Lausse y Ricardo Calicchio. Claro está que el conjunto de
actividades enunciadas, tuvieron como aliado superior al hábitat natural, que
brindan los árboles, plantas y pájaros de nuestro parque. Sus pinos, tilos, eucaliptus
y otras diferentes especies, enriquecen el oxígeno y generan un escenario en
donde junto a las flores y los pájaros, consagran al Avellaneda como uno de los
lugares más bellos de la ciudad.
Hasta aquí hemos comentado, en
forma casi excluyente, episodios vinculados con diversas experiencias deportivas
desarrolladas en el parque. Seguramente, se han deslizado en dichos comentarios
omisiones involuntarias, pues los hechos relatados se basan exclusivamente en
el falible recurso de la memoria persona. También otros detalles han sido
motivo de especial consideración, por parte de los concurrentes. Por ejemplo,
la instalación del trencito, que desde el predio del Jardín Zoológico se
trasladó en 1929, a su actual ubicación, según lo detalla el Diario Clarín, en
un artículo dedicado a este hermoso pulmón verde de la ciudad. La terminal
estaba protegida por una glicina centenaria llena de flores, cuyo perfume
anunciaba la llegada del mes de noviembre.
Merece una mención especial el
vivero existente en el parque Avellaneda, ganador de premios por la extensa
variedad de plantas y flores exóticas. Durante años fue quien proveyó a otros
parques los plantines de flores y plantas, como así también adornaron despachos
oficiales, que a esos efectos asimismo se cultivaban
ANTONIO LONGO
“PUCHERITO”
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